Calle de fiesta





Barrio Colón le dio magia a mi infancia. Por primera vez y de la mano de mi abuela, descubrí allí lo que era una feria. Nada más que una pequeña calle pero vestida para la ocasión, de fiesta. La gente, el tumulto, los colores, los cajones, las polleras y los tacos. No alcanzaba a ver más. Sólo sabía que si me perdía entre la multitud tenía que alzar la cabeza hacia el cielo y gritar “abuela” con todas mis ganas. El barrio haría el resto.
Después de esos años no volví a la feria más que de pasada. Vinieron los súper, los hiper, los megas, las cajas rápidas y se encargaron de apagar todo el encanto.
Dejé guardado en mi memoria el asunto de las ferias, hasta que por fin pude recordarlo y homenajearlo con este proyecto.
Me propuse sin muchas expectativas recorrerlas y para mi asombro me encontré con que nada había cambiado. Todo parecía haberse detenido en el tiempo. Los mismos delantales, los mismos rastrojeros, la lapicera en la oreja, los carritos de colores, la listita y la suma, el regateo, la boliviana de los pimientos, la ropa barata y los infaltables churros. Entendí entonces que su filosofía había sido más fuerte que el paso del tiempo. Se empieza tempranísimo, cada día en un barrio distinto, con un trabajo arduo y honesto. Sobrevive un lugar en el que todavía existe la yapa, la verdadera oferta, el -quiere probar- y el saludo cordial.
El olor a fruta me trasladó años atrás. De repente me sentí niña otra vez, hundida en medio de los recuerdos. Me vi a misma perdida entre el gentío, recordé el código, entonces levanté la cabeza, miré al cielo y ya no tuve a quien gritar.
Larisa
Aire

Cuelgo esta página solamente por lo interesante que es esta nota de Juan Dalessandro.
http://www.diaadia.com.ar/?q=content/la-ultima-metida-de-%E2%80%9Cpata%E2%80%9D-0

No encuentro una manera de contar esta foto. Sólo la siento.
En mi viaje a San Juan, caminé por lo que llaman la ruta del vino, y entendí que no hay lugar para un turista espectador. Si no has sentido el olor a pobreza, si no se ha calado en tus huesos, si no has visto hablar a la tierra por si misma, entonces es que has pasado sin realmente estar allí.
Pocito es una pequeña localidad que me ha enfrentado violentamente a los niños del paisaje, los que pertenecen a las montañas, al cielo y al sol desde que han nacido. Que no conocen la miseria porque inmersa en ella no alcanzan a verla.
Quise acariciarlos para contarles mi pena de no entender su plenitud. Sonrieron fácilmente. Decidí entonces en un gesto egoísta y con un nudo en la garganta robarles un poco de su sabiduría, traermela a Córdoba y mirarla cada mañana en mis días grises y banales.
Me fui con la cabeza gacha. Las piernas me temblaban, sentí la vergüenza y agradecí el encuentro. Allá a lo lejos quedaron ellos, con la cabeza bien alta.

Será que estoy atada a tu frontera.
Estoy esperando el minuto ese en que mire para otro lado y me de tiempo a escapar. Porque la puerta en realidad está abierta, pero ese no del todo me hace dudar. Y la duda me mantiene en un vaivén, me revuelve el estómago, me marea, me tortura. Ayer pensé que no puede existir mayor desgracia que la de un pájaro con alas que no quiere volar. Entonces, lloré en silencio tus ojos.
Registro del movimiento.
Suple La Voz Rock
Más hexágonos
Viaje
Sangrando abriles
Artafacta II
Cámara estenopeica

Esta pregunta no ha dejado de molestarme ¿Dónde está el color realmente? ¿Por qué a veces no veo los colores? ¿Por qué me he negado a las acuarelas, los acrílicos, los pasteles, los pigmentos durante tanto tiempo? A veces me sucede que veo sólo ráfagas de colores. Esta bahiana se me escapaba, ella estaba en blanco y negro mientras destellaba amarillos y naranjas por todos lados.

El movimiento se ha vuelto un sinsentido. Me he puesto a pensar en cuántas cosas están quietas, fijas, ancladas, silenciosas. Y es que pareciera ser que ya no hay razón que justifique un pequeño saltito, una leve vibración, o un simple balanceo con cadencia. Ya no nos movemos. Qué vergüenza. Entonces he pensado un poco más y me he dado cuenta que no está todo perdido, que los niños afortunadamente no hacen caso a los adultos y se mueven... se mueven por todos lados, corren, bailan, agitan los brazos y maniobran los pies. Ellos son la revolución del dinamismo. La gran sacudida que nos dan nos aplasta contra nuestros días grises. Nuestros cuerpos son pesados, como muertos, ya no nos movemos. Añoro mi infancia en la que no era yo quien se movía, sino el mundo entero que giraba ante mis ojos, perplejos de ansiedad. Gracias a mi vecinita Malena he plasmado esta reflexión en una serie de fotos que guardan el secreto de los que aún tienen cosquillas y sienten temblor con el vértigo de su mágico mundo.

Servicio electrónico
Artafacta

Este es una divertida participación que tuve en un fanzine electrónico de artafacta.org. Consiste en que a partir de una palabra dada e inventada (como en este caso lo es "Farmafia") diseñadores de todas partes proponen resoluciones gráficas. La mía no fue muy afortunada, pensé que era suficiente atrevimiento la asociación a Don Corleone y sin embargo hubo varios que siguieron el mismo camino. Tristemente, las convenciones nos sofocan.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

























































































































































