Calle de fiesta













Barrio Colón le dio magia a mi infancia. Por primera vez y de la mano de mi abuela, descubrí allí lo que era una feria. Nada más que una pequeña calle pero vestida para la ocasión, de fiesta. La gente, el tumulto, los colores, los cajones, las polleras y los tacos. No alcanzaba a ver más. Sólo sabía que si me perdía entre la multitud tenía que alzar la cabeza hacia el cielo y gritar “abuela” con todas mis ganas. El barrio haría el resto.
Después de esos años no volví a la feria más que de pasada. Vinieron los súper, los hiper, los megas, las cajas rápidas y se encargaron de apagar todo el encanto.
Dejé guardado en mi memoria el asunto de las ferias, hasta que por fin pude recordarlo y homenajearlo con este proyecto.
Me propuse sin muchas expectativas recorrerlas y para mi asombro me encontré con que nada había cambiado. Todo parecía haberse detenido en el tiempo. Los mismos delantales, los mismos rastrojeros, la lapicera en la oreja, los carritos de colores, la listita y la suma, el regateo, la boliviana de los pimientos, la ropa barata y los infaltables churros. Entendí entonces que su filosofía había sido más fuerte que el paso del tiempo. Se empieza tempranísimo, cada día en un barrio distinto, con un trabajo arduo y honesto. Sobrevive un lugar en el que todavía existe la yapa, la verdadera oferta, el -quiere probar- y el saludo cordial.
El olor a fruta me trasladó años atrás. De repente me sentí niña otra vez, hundida en medio de los recuerdos. Me vi a misma perdida entre el gentío, recordé el código, entonces levanté la cabeza, miré al cielo y ya no tuve a quien gritar.

2 comentarios:

Hernán Laurino dijo...

Es muy bonito lo que escribiste, Vale. Me gustó mucho. Obvio las fotos también están terribles... Felicitaciones!!!!

Valeria dijo...

Gracias Cholito!